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En Español: Exploring the path to becoming a court interpreter


Illustration by Blair Gauntt

Tiene derecho a no permanecer en silencio

Hace dos días, recibí un mensaje de una amiga que me preguntaba si tenía alguna anécdota del mundo de la traducción e interpretación que pudiera compartir. El mensaje me llegó en un momento gracioso, ya que estaba en el tribunal de Iowa en Des Moines, esperando a que vinieran a buscarme y acababa de hacer un examen increíblemente fatigante. Pensé: ¡Si ni siquiera he podido trabajar aún! Después pensé que compartir mi trayectoria para obtenerla podría ser algo digno de contar también.

Mi relación de amor-odio con la interpretación en los tribunales empezó hace muchos años en España, donde me gradué en traducción e interpretación. En una de nuestras clases, se nos asignó ir a los tribunales para familiarizarnos con el proceso. Conseguir entrar a alguno en el que hubiera un intérprete era lo mejor que nos podía pasar, o eso pensábamos, pero lo que vimos nos dejó sin palabras: un español con un inglés chapurreado que interpretaba para un africano con inglés chapurreado; una señora rumana que nunca había interpretado en los tribunales, pero que trabajaba como autónoma para una “agencia de idiomas.” Después descubrimos que los tribunales españoles usan subcontratas para contratar a los intérpretes. Muchas de estas empresas no saben nada de interpretación y menos en contextos legales, además de que les pagan a sus intérpretes la cantidad ínfima de 8 euros la hora [casi $9]. Creo que todos decidimos en ese momento que buscaríamos una carrera lejos de la interpretación en los tribunales.

Dos o tres años después, estoy en Iowa y descubro el programa maravilloso de interpretación en los tribunales, dirigido por la Oficina de Regularización Profesional. Comienzo a planteármelo—debería hacerlo, tengo el entrenamiento, práctica, seguro me será fácil. Pues no es fácil. He invertido tiempo y dinero en obtener la certificación. Primero, tuve que ir a una orientación en Des Moines, hacer un examen escrito (y suspender), hacer el examen otra vez, aprobar (¡por fin!), y hacer un examen de competencia lingüística. Con estos requisitos cumplidos puedes estar en la lista de intérpretes del estado, pero bajo la clase B, y no sé ustedes, pero yo no he trabajado tanto para quedarme en la clase B. Así que me apunto al examen oral, el último requisito y el más difícil también. Un examen en el que evalúan todas las formas de interpretación y para el que tienes que ser una máquina. Lo hago, no sé si he aprobado, mi cerebro está muerto. Recibo el mensaje: “¿Tienes una anécdota?” Creo que sí: “¡Qué difícil es esto!”

Pero difícil debería ser bueno ¿no? Escribí una vez sobre el caso de un hombre en Indiana al que le quitaron la pena de 40 años de cárcel porque el intérprete le tradujo mal sus derechos. Cuarenta años de cárcel. La buena noticia es que parece que EE.UU. ha aprendido de sus errores y ahora casi todos los estados tienen exámenes exhaustivos para decidir quién puede interpretar en los tribunales. Finalmente, la gente se está dando cuenta de que hablar un idioma no califica a nadie para ser intérprete en los tribunales. Todo el mundo puede cometer errores, incluso los intérpretes más cualificados, pero muchos de esos errores se pueden evitar si se tiene el conocimiento y entrenamiento adecuado. De acuerdo, Iowa, este recorrido ha sido largo y difícil, pero tengo que reconocer que las cosas se están haciendo bien.

You have the right not to remain silent

Two days ago, I received a message from a friend asking me if I had any anecdotes I could share related to the world of translation and interpreting. This message was particularly funny, given that I was at the Iowa courthouse in Des Moines, waiting for my ride, after taking a ridiculously exhausting exam. I thought: “But I haven’t even worked here yet!” Then I thought that sharing my journey to become a certified court interpreter could be something worthy of telling as well.

My love-hate relationship with court interpreting started many years ago, in Spain, where I majored in a program called Translation and Interpreting. During one of our classes, we were assigned to go to the courts and get familiar with the process. Finding a case that had an interpreter was the best thing that could happen to us, or so we thought, but what we saw left us all speechless: a Spaniard with broken English translating for an African with broken English; a woman from Romania who had never interpreted in the courts before, but worked as a freelancer with a “language agency.” We then found out that the Spanish courts rely on outsourced companies—many of which do not know anything about interpreting, even less about court interpreting, and pay their workers as little as 8 euros an hour [almost $9]. I think we all decided at that moment that court interpreting was not for us.

Fast forward to two or three years later, I am in Iowa and I discover the amazing court interpreting program directed by the Office for Professional Regulation. I start thinking about it—I should do it; I trained for this; I have practice; it should be easy. Well it is not. I have invested time and money into getting certified. First, I had to attend an orientation in Des Moines, then take a written exam (and fail), retake the exam, pass (yay!), and take a language proficiency exam. With this, you can be on the roster of court interpreters for the state, but you are considered class B, and I do not know about you, but I haven’t worked this hard to stay in class B. So, I sign up for the oral exam, the last and hardest requirement. This exam involves all modes of interpreting, which requires you to be basically a badass. I take it; I don’t know if I pass it; my brain is mushed. I receive the text: “Do you have an anecdote?” I think I do: “This is hard!”

But hard should be good, right? I once wrote about the case of a man in Indiana whose sentence of 40 years in prison was overturned because the interpreter completely mistranslated his rights. He was sentenced to 40 years. The good news is that the U.S. seems to have learned from its mistakes, and now almost every state has comprehensive examination to decide who gets to interpret in court. Finally, people are realizing that speaking a language does not qualify you to be a court interpreter. Everyone can make mistakes, even the most qualified interpreters, but many of those mistakes can be avoided through adequate training and knowledge. Okay, Iowa—it has been a hard journey, but I have to admit, you are doing it right.

Mayela Zambrano is a interpreter and Ph. D. candidate. This article was originally published in Little Village issue 222.


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