
Era una tarde del mes de junio y por aquel tiempo yo trabajaba en la cocina de un restaurante de Iowa City. Por entonces todos estábamos cocinando con relativa calma—ellos un steak jugoso, un salmón blando y unos roasted potatoes, y yo una exuberante hamburguesa de 8 oz.
Usualmente en la cocina de un restaurante los minutos y las horas transcurren de modo particular, como si esta tuviera su propio reloj, cuya unidad de medida sería la temperatura de cocción de un steak o una hamburguesa (rare, medium rare, medium, medium well, well done), la textura blanda y jugosa de unos champiñones o el color dorado de unos aros de cebolla cubierto por un batido de leche y harina (onion haystack). No obstante esto, todo tiene que servirse rápido a la mesa de los comensales, por lo que no hay mucho tiempo para las reflexiones gastronómicas. Una equivocación, por más ínfima que sea, aquí sí altera el orden del producto («¡¡¡Hey, el BLT lo quieren con la mayonesa al lado!!!», recuerdo que una vez me dijo un mesero, por lo que tuve que rehacer el pedido).
Pero con la declaratoria de emergencia por el Covid-19 en Iowa, el ritmo de trabajo cambió radicalmente. En estos tiempos pareciera que el correr de las horas sí coincide con el reloj habitual, en el sentido que todo es más lento que antes, pues no hay mucha clientela en muchos restaurantes.
Y en medio de este ambiente de pesadumbre no faltó en mi antiguo trabajo quien atribuyera la responsabilidad de esta situación, además de la pandemia, al movimiento Black Lives Matter, («Primero la pandemia, ahora las protestas»). Tampoco faltó la pregunta provocadora: «¿Y por qué no salen a marchar cuando muere un latino a manos de la policía?».
Creo que la baja afluencia de público en los restaurantes no es tan negativa como parece; por el contrario, es una buena medida para evitar la propagación del Covid-19. Además, siempre está disponible la alternativa de comida para llevar.
Pero aquella pregunta provocadora iba dirigida hacia mí, pues había compartido con mis aún compañeros de trabajo mi impresión sobre las dos marchas del movimiento Black Lives Matter a las que asistí aquí en Iowa City. Les dije que allí vi a más personas usando mascarillas que en el downtown. También que en toda la jornada de protesta el comportamiento de los manifestantes había sido pacífico, incluso con el medioambiente (había una joven que con mucha paciencia recolectaba los desperdicios de los demás en una caja de cartón, corriendo de un lado a otro lado).
Todo este tiempo (más de un mes) la pregunta me ha intrigado. Tanto así que me ha perseguido hasta mi nuevo trabajo. Y la única respuesta que he encontrado es otra pregunta: ¿esa represión policial que mató a George Floyd acaso no afecta también a la población latina que vive en los Estados Unidos? La respuesta es: sí nos afecta. Y, en el supuesto que no nos afectara, la forma (asfixia) y la circunstancia (intervención policial) en la que murió Floyd despierta una indignación que excede cualquier tipo de diferencia –cultural, sexual, religiosa, condición socioeconómica– que pueda haber entre nosotros y los demás. Entonces, he aquí otra razón más para salir a las calles.
Las protestas contra el racismo, el machismo, el cambio climático, la discriminación contra grupos minoritarios, por solo citar algunos ejemplos, son una invitación para abandonar nuestro lado individual y en su lugar apostar por el trabajo colectivo, con el único propósito de hacer escuchar nuestras voces ante los que toman las principales decisiones políticas y policiales. Dichas voces son también de algún modo la de George Floyd o la de algún latino, cuyas vidas ya no existen a causa del abuso policial.
This article was originally published in Little Village issue 286.

