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Cortado: La jukebox del Fox Head


Dave’s Fox Head Tavern, 402 E Market St, Iowa City — Jordan Sellergren/Little Village

Fue en la revista Dossier de Santiago de Chile (2015) en donde por primera vez escuché sobre la existencia del bar Fox Head de Iowa City. El autor del artículo era el escritor boliviano Maximiliano Barrientos, quien hace unos años vivió y estudió en esta ciudad. Luego de leer su texto―una mezcla de crónica y diario―me dio curiosidad conocer aquel recinto. ¿Realmente lo frecuentaban escritores? ¿Existirá aún esa rocola (jukebox) en la que por un dólar puedes poner cuatro canciones?

A inicios de diciembre del 2018 me mudé a Iowa City. Visitar el Fox Head estaba en mi lista de cosas que quería hacer en mi nueva residencia, pero no tenía prisa, pues antes quería conocer la zona y recorrerla un poco (por ejemplo: saber cómo funciona el sistema de transporte público y visitar su Biblioteca Pública).

El día que decidí ir al Fox Head, al final terminé conociendo otro bar, el George’s Buffet, que está ubicado antes que el primero, en particular si uno viene por la calle Dubuque Norte y luego dobla para la calle Market. El George’s me resultó un lugar muy agradable porque tiene un ambiente social amigable en el que es difícil que uno se sienta extraño o extranjero, por lo que terminé visitándolo con cierta frecuencia. Así fue como me olvidé del Fox Head por un par de semanas.

Cuando reanudé mi búsqueda ya estábamos en pleno invierno y el frío lo sentía en los huesos y en el piso resbaladizo de las veredas cubiertas de hielo. «Ahhh, David’s Fox Head!», me respondió un joven que terminaba de fumar su pucho de cigarro en las afueras de una iglesia, y a quien le pregunté en mi inglés básico: «Where is the Fox?».

El Fox Head es un bar de un solo piso, de color rojo con bordes blancos, que tiene una pequeña escalera que te permite ingresar al local y en cuya puerta de entrada hay una advertencia que dice: «Solo se permite el ingreso a personas mayores de 21 años». Adentro se respira un olor extraño. No es un olor de ambientador artificial en spray. Tampoco de jabón de limpieza. Es más bien un olor compuesto por muchas cosas: el humo de tabaco impregnado en las mesas de madera y en las paredes (claro está, cuando estaba permitido hacerlo), y de la cerveza o el trago derramado que alcanzó a caer al suelo y que luego un diligente mesero lo limpió, aunque igual quedó una huella invisible. No exagero si digo que todas estas cosas en sí no son un olor sino más bien es una voz que se resiste a desaparecer en el tiempo, y que hace de este bar un lugar que―a pesar de su antigüedad (tiene más de 80 años)―ha sabido mantenerse indemne ante esa modernidad líquida, acelerada y plástica, muy característica de sociedades como la estadounidense.

El público que acude al Fox Head es diverso. Es cierto que muchas personas vinculadas a la literatura lo visitan, pero también es cierto que es frecuentado por vecinos de Iowa City (jubilados, oficinistas, trabajadores independientes). Aquí en el Fox Head, por intermedio de un amigo peruano (Sebastián Lores), conocí a Elisa Ferrer, y a otros escritores del programa de escritura creativa en español de la Universidad de Iowa. Al poco tiempo que Elisa dejó Iowa y retornó a España, todos nos enteraríamos de su triunfo literario: la obtención del Premio Tusquets de Novela (2019), uno de los premios más prestigiosos en idioma español. Recuerdo que sus amigos y amigas celebraron este logro literario en uno de los bares favoritos de ella: el Fox Head.

También en este lugar pude conocer a un hombre jubilado de nombre Ralph, quien todos los años huye del invierno de Iowa y viaja a España por la temporada. En una ocasión, luego de una conversación, me regaló un libro. Este era un libro para niños de pocas páginas sobre cómo contar los números en idioma inglés y español, el autor del libro era el mismo Ralph. Según él lo que le motivó publicar este libro fue enseñar a sus nietos algo de español a través de los números.

Como se puede ver el Fox Head es un bar en el que perfectamente conviven los amantes de las letras, los números, la música y la mesa de billar, siempre y cuando los libros, las canciones y las bolas de billar estén acompañados de una cerveza helada o un buen trago.

Además de la mesa, el Fox tiene una jukebox con varios géneros musicales, como rock, jazz, pop, folk, country, new wave y latina. Allí pude escuchar dos álbumes, el Loaded (The Velvet Underground) y Giant Steps (John Coltrane). Sin embargo, en noviembre del año pasado la jukebox dejó de funcionar por un problema técnico. Pasaron un par de semanas y seguía «No disponible». Recuerdo haberle preguntado al bartender por este asunto y me respondió que no podían repararlo porque no encontraban una persona que pudiera hacerlo dada la antigüedad de la máquina, la cual funciona con Cds, y lo que abunda hoy en el mercado son las jukeboxes digitales.

Al mes siguiente, por fin, alguien pudo arreglarla y la jukebox volvió otra vez a hacer girar esos Cds. Pero en marzo de este año la música dejó de sonar por el surgimiento de la pandemia del COVID-19 y la consecuente orden de cierre de bares y restaurantes dispuesta por la gobernadora del estado de Iowa, Kim Reynolds. Sin embargo, a finales de mayo, autorizó la reapertura de estos negocios bajo estrictas medidas sanitarias (distanciamiento social, uso de máscaras, 50% de aforo); entonces la música volvió a sonar en el Fox, pero no duró mucho. El 27 de agosto — intempestivamente — la gobernadora volvió otra vez a ordenar el cierre solo de los bares en ocho condados de Iowa (uno de ellos el de Johnson), dado que estos espacios de entretenimiento estaban siendo abarrotados por estudiantes de la Universidad de Iowa, y la mayoría de ellos no cumplía las medidas de cuidado y prevención ante el coronavirus.

¿Pero esto ocurría en el Fox Head? Al menos a mí no me consta que a este recinto (y también en el George’s Buffet) los universitarios concurrieran ansiosos de discutir asuntos literarios o de conversar cualquier tema cotidiano de la vida. Allí más bien lo único que abundaba era la cortesía de un bartender, la colección de relojes antiguos que están al costado de la caja registradora y los 100 Cds de música que componen la jukebox, que espero algún día puedan sonar otra vez en este bar de paredes rojas de Iowa City.

This article was originally published in Little Village issue 287.

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