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El último potluck antes de la emergencia COVID-19


Janine/Flickr

Todos estábamos felices aquel cuatro de marzo. Pues era nuestro último día de clases presenciales del programa de Inglés para adultos en el Kirkwood Community College de Iowa City. Y como última actividad hicimos un Potluck, es decir, una reunión informal en la que cada estudiante comparte con los demás un plato de comida o un postre tradicional de su país.

Al poco tiempo de iniciado el Potluck, me animé a proponer si también podríamos compartir una canción popular de nuestros respectivos países; por lo demás, teníamos a la mano una computadora con conexión a Internet. A todos les gustó la idea, y así lo hicimos.

La primera canción que sonó fue una ranchera mexicana de Vicente Fernández. «Guadalajara, Guadalajara/Guadalajara, Guadalajara (…)», se escuchó por los parlantes la voz vibrante del cantante, junto a esa combinación fascinante de trompetas, violines y guitarras. Esta canción fue el mejor punto de partida porque la mayoría tenía una sonrisa en su rostro, y no quitaba sus ojos de la pantalla ecran del salón de clase (me imagino porque estaban viendo el sombrero enorme y redondo, y el traje oscuro con bordados dorados que vestía el cantante mexicano).

Luego fue el turno de una compañera que es de Sudán. La canción que ella eligió era más suave y relajada, y la voz del cantante tenía una voz levemente aguda. Los instrumentos y el idioma eran diferentes al tema musical anterior, por lo que muchos sentimos que esta música nos trasladaba a otra región del mundo, uno más desértico y caluroso. Mientras escuchábamos la canción algo imprevisto ocurrió. Alguien suspiró profundo y luego soltó un llanto. «Él era mi cantante favorito y hace poco acaba de morir», nos dijo. Sin embargo, al poco rato se repuso y acompañó la canción tarareando hasta el final de la misma.

Es mi turno ahora para poner una canción. Y a pesar de haber sido yo el que propuso la actividad, la indecisión se apoderó de mí por unos segundos. Estaba entre una cumbia psicodélica peruana de los años ’70 (también conocida como música Chicha) y la canción “El cóndor pasa.” Elegí esta última, entre otros motivos, porque el cóndor ―un ave que vuela por la Cordillera de los Andes, con sus plumas negras, sus alas enormes y su cuello blanco―es desconocido en estas tierras. También elegí esta canción por los sonidos de los instrumentos musicales con las que usualmente es interpretada: la quena y la zampoña. Los sonidos de estos instrumentos para algunos es melancólico, pero para mí simplemente son como el viento frío que hay en la zona andina del Perú.

Finalmente intervino nuestra profesora de Inglés para decirnos muy amablemente: «Por favor, bajen el volumen. Recuerden que hay otras personas trabajando a nuestro costado». Cierto. Lo habíamos olvidado por completo. Tal vez porque nuestra alegría fue incontenible o tal vez porque logramos acortar miles de kilómetros en solo tres o cuatro minutos, que es lo que dura una canción.


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