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Cortado: Los libros del Gran Santiago


Acantilado

Antes de llegar a Santiago de Chile, ciudad en la que viví cerca de siete años (2009-2016), yo conocía muy poco de literatura peruana. A lo mucho un par de novelas que tuve que leer de manera obligatoria en el colegio. Sin embargo, fue en el Gran Santiago donde pude conocer más de literatura peruana y latinoamericana, gracias a sus bibliotecas.

La primera vez que encontré una biblioteca fue en el Parque Forestal de esta ciudad, al frente del Museo de Bellas Artes. Esta no era una biblioteca como tal, sino una “Biblio Plaza”, en la que cualquier persona podía tomar prestado un libro o un diario sin pagar un peso. Y como yo vivía cerca del Forestal, después del trabajo o en mis tiempos libres visitaba la Biblio Plaza. Y a las pocas semanas me hice amigo del encargado de la misma. Se llamaba Sergio, era algo mayor que yo, y tenía muchos conocimientos de historia y literatura chilena, por lo que aprendí mucho de las conversaciones que tuve con él.

La siguiente biblioteca que conocí fue de la forma más casual e inimaginable posible. Y también ocurrió en este parque largo e inmenso, lleno de árboles y que tiene como vecino al río Mapocho: el Forestal. Yo estaba dando un paseo y el día no era tan bueno que digamos porque había lluvia, una de esas que aparecen y lo mojan todo y desaparecen y al rato vuelven recargadas. Cuando llegué al Puente de los Candados encontré un edificio que parecía una oficina de arquitectos, pues este tenía una figura rectangular de hormigón y grandes ventanas, las mismas que reflejaban los carros que transitaban por la avenida Providencia. En el interior de este edificio se escondía nada más y nada menos que una biblioteca. Y cuyo particular nombre también captó mi atención: Café Literario Balmaceda.

Una vez ya dentro del “café literario”, grande fue mi sorpresa el encontrar varios estantes llenos de libros, todos estos abiertos al público. Es decir, uno llegaba y escogía los libros que deseaba leer, sin la necesidad de un intermediario (bibliotecarios, por ejemplo). Tardé unos segundos en darme cuenta que estaba dentro de una biblioteca moderna, amigable y accesible en todo el sentido de la palabra. (Ese mismo día encontré el Libro del Desasosiego de Fernando Pessoa).

Luego conocí más bibliotecas del Gran Santiago. Pequeñas, como la biblioteca del mercado La Vega Central. Express, como la del Metro de Santiago. Laberínticas, como la Biblioteca Nacional o la biblioteca central de la Universidad Alberto Hurtado. Escolásticas y elegantes, como la biblioteca de la Corte Suprema de Chile o la biblioteca de derecho de la Universidad Católica. Juguetonas, como la biblioteca Nicanor Parra de la UDP, y muchas otras más.

Todas estas desde luego que me gustaron mucho y, en más de una oportunidad, me sentí feliz y afortunado de poder visitarlas con regularidad. Pero las dos bibliotecas que mencioné al inicio de esta crónica, fueron las que más me marcaron e impresionaron como lector, dada su sencillez y su accesibilidad (ambas ubicadas en el Parque Forestal y abiertas al público). Incluso diría que esta experiencia en cierto modo me preparó para conocer las otras bibliotecas y, seguramente, las que están por venir.

This article was originally published in Little Village issue 296.


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