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Cortado: El muro de la infamia


Mexico-US border wall at Tijuana, Mexico. — Tomas Castelazo

Ningún pueblo, ningún país del mundo ha logrado desarrollarse levantando muros o el cierre de sus puertos. Históricamente, en el caso de los Estados Unidos, la facilitación de la inmigración y el flujo de mercancías de un lugar a otro han sido un elemento fundamental para el desarrollo económico, cultural, artístico, jurídico, etcétera, de este enorme país.

Por ello aquel muro de cemento y acero construido en la frontera de Estados Unidos con México por el gobierno de Donald Trump, no sólo es un gasto insulso de los impuestos de los contribuyentes, sino que además no resuelve el asunto de las corrientes migratorias a través de las cuales miles de personas ingresan al país por rutas no autorizadas.

Guardando las distancias del caso, la construcción del muro equivale a cerrar la puerta de una casa en llamas, cuando el deber es abrirla para rescatar a las personas afectadas por el incendio. No hacerlo no sólo es un acto inhumano sino que tarde o temprano ese incendio terminará afectando a las casas vecinas, luego un barrio, y así sucesivamente. Y algo parecido viene ocurriendo hoy en la frontera de los Estados Unidos con México. Además del muro se está restringiendo al máximo el ingreso de solicitantes de asilo que huyen de la violencia de organizaciones criminales, de la devastación de la naturaleza, o de la persecución política que reina en sus respectivos países.

Y por si esto fuera poco el muro también ha provocado otras consecuencias en la frontera que han sido poco discutidas en el debate público. Una de ellas tiene que ver con el efecto en las costumbres y tradiciones de pueblos originarios que viven justo en la frontera de los Estados Unidos con México, tal es el caso del pueblo Tohono O’odham radicado en la zona de Arizona (Estados Unidos) y Sonora (México). Otro impacto negativo es el daño que se viene causando a la biodiversidad que existe en el lugar, como especies animales, que ahora no pueden cruzar de un lado a otro de la frontera en busca de alimentos (pastizales, por ejemplo). Tampoco es un hecho menor la destrucción del espacio físico que ocupa hoy el muro, el cual visto desde una determinada altura, parece una larga herida , una mutilación a la naturaleza.

Nuevamente, el muro no es la solución sino más bien es un problema que deberá ser resuelto por el presidente actual Joe Biden. Y para ello no bastará con suspender la construcción de más tramos del muro, o con hacer público los millonarios contratos que lo sustenta. Además de esto se requiere acciones urgentes: reformar la política migratoria de la administración Trump, la cual fue elaborada a base de más de 400 órdenes ejecutivas (lo idóneo es que sea a través de leyes dictadas por el parlamento), y que hoy son “una pesadilla” o una maraña legal para los abogados de inmigrantes y solicitantes de asilo; liberar a los más de 500 niños que aún permanecen en centros de detención de Estados Unidos y reunificarlos con sus padres que se encuentran en sus respectivos países; atender la crisis humanitaria que hay en la frontera con México, la cual fue provocada por los controversiales “Protocolos de Protección a Migrantes” (MPP, por sus siglas en inglés), que ha forzado que más de 60,000 personas permanezcan en México mientras se resuelve su solicitud de asilo, en lugares peligrosos como es la frontera de México con Estados Unidos.

Espero no ser la única persona que piensa que lo ideal sería derribar ese muro de la infamia, porque a mi juicio, representa en pleno siglo XXI xenofobia, racismo y brutalidad policial.

This article was originally published in Little Village issue 290.


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